| ¿Es que no tenéis casa? |
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| Curiosidades |
| Jueves, 18 de Febrero de 2010 11:50 |
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BARES
“¿Es que no tenéis casa?”Si todavía no se ha decidido a aplicarse el lema “Deja de beber tanta cerveza y lucha”, le aportamos una visión sobre los bares, las tabernas y otros lugares comunes donde beberse el tiempo de ocio. Nos pasamos por unos cuantos de la mano de gente como Rafael Reig, Kiko Amat, Kike Turrón o Silvia Nanclares.
Jueves 18 de febrero de 2010. Número 120
En su obra de referencia Bar, lugar común, nunca editada y compuesta por retazos de conversación profunda mezclados con interrupciones técnicas del tipo “otra de lo mismo” o “voy al tigre… Ahora me lo cuentas”, la persona anónima pegada a la barra, ha expresado, con apreciable precisión, una serie de ideas acerca de la función de los bares y la naturaleza de quienes los regentan. “Partiendo del incuestionable hecho de que cada quien es de su madre y de su padre”, ha dicho, “cualquier persona ha tenido, en cualquier bar, en cualquier momento de su vida, algún tipo de revelación, una alegría, una pena… En definitiva, un momento crucial de su vida ha transcurrido a menos de siete metros de una barra ante la, por lo general indiferente, mirada de esa vaga mezcla de chamán y funcionario que lleva los bares”. El campo de actuación de la anónima parroquiana es amplio, en su nevera apenas tiene una botella de agua y una pera negra. Esto le confiere a sus argumentos la aprobación de los parroquianos, que los consideran “verdades como puños”. Le hemos pedido que defina las clases de bares más importantes y, aunque se han quedado fuera tipos tan interesantes como los bares de aeropuerto, los bares temáticos, los ambigús de tanatorios y hospitales, las cafeterías decimonónicas y las temibles cantinas, lo más probable es que sepan de qué se les habla cuando lean esta clasificación: Gasolinera. Varios expositores ofertando los grandes éxitos de Camela o Loquillo y un gran mostrador con los productos locales: miguelitos, almendrados, quesos, navajas. Público fluctuante al son de los festivos, ruido de platos y bocadillos chiclosos. Especial atención merecen los que ejercen de parada para autobuses, los precios se doblan al mismo tiempo que se deteriora el lustre de los baños. Olor a naftalina. Chiringuito. El tópico del chiringuito permanece tan inalterable como el incumplimiento de la Ley de Costas. Caros, con servicios apresurados pero eficaces, no obstante en ellos se ha sustentado lo que algunos avezados llamaron el milagro español. Bares Paco. Allí donde el espumillón navideño es perenne abrazando el televisor siempre encendido, el lugar donde te saludan las cabezas de gamba, las servilletas de papel (Gracias por su visita), las colillas y los huesos de aceituna con una crujiente bienvenida. El espacio donde los parroquianos extienden sus tapetes verdes y deslocalizan amarracos al son de una máquina tragaperras que anuncia escasa fortuna. Olor a fritanga, tapas con nombre propio y la porra futbolera. Bar de pueblo. Cocina apreciable, diálogo a voces entre generaciones, cuentas pendientes apenas ocultas para los forasteros y todas las sensaciones que produce salir de la ciudad, desde el “yo ría feliz” hasta el “salgamos de aquí que los quintos miran raro” definen a un tipo de bar en vías de extinción. En su versión nocturna falta la comida y se abre la veda de relaciones, que pueden terminar en las eras o en una emancipación que ya no se esperaba. Tampoco es raro que la noche acabe a hierro pelado. Bar para guiris. Sangría en cantidades industriales, paella de un sospechoso amarillo radiactivo, concurrencia rubia y de piel blanquecina, ellos sin camiseta, ellas, tacón de aguja y minifalda, llueva o truene, ambos con mofletes y narices rojas, berreando preferiblemente. Suelen estar en el centro turístico de la ciudad y en la decoración abundan los toros y las sevillanas. Momentos álgidos: despedidas de soltero y partidos de Champions. Bar de modernos. Abundan en los barrios gentrificados del centro de la ciudad marca. Donde antes había un bar de-los-de-todala- vida ahora se erige un garito de diseño, regentado por personas vestidas de luto, con platos cuadrados, baños fashion en los que es complicadísimo mear o lavarse las manos, tapas de sushi y kilos de tostas, exposiciones en las paredes y precios inverosímiles. La clientela, moderna y gafapastil, está formada por profesionales cool en general. Bar intercultural. Antiguos barespaco que han pasado a ser regentados por integrantes de alguna comunidad migrante. En su barra conviven sin complejos y con total normalidad la tortilla de patatas con el cerdo agridulce, los callos a la madrileña con arepas y frijoles, el carajillo con el pisco-sour. La clientela es igualmente ecléctica y los calendarios de neumáticos conviven con gatos que mueven el brazo y mandan a la gente a paseo. Garito. Un bar que sólo parece una mala idea transcurridas unas cuantas horas de abandonarlo. Bebida que deja ciego a varios niveles y gente con ganas de vaya usted a saber qué. Si no fuera porque Joaquín Sabina y sus muchos seguidores han agotado ese tema, escribir de lo que pasa en uno de estos antros debería ser suficiente para optar al Oscar de la literatura. Bar Ilegal. Peor que el anterior. Quien lo regenta pide que se baje la voz, la bebida que se sirve en ellos es un arma de destrucción masiva y duran poco. Bar escoba. O mejor dicho recogedor. Es aquel bar que o bien no cierra nunca o abre muy temprano. En la ciudad es el centro neurálgico donde los nocturnos dan lugar oficialmente el relevo a los diurnos para que el ritmo... ¡no pare nunca! Cocina abierta siempre, buena selección de platos combinados. Fauna digna de una reserva de la biosfera: policías, taxistas o prostitutas con gaupaseros desencajados, obreros cazalleros o bohemios desubicados. // Requisitos indispensablespor Dani Garrido Mondadientes Futbolín Tragaperras Carajillo Artículos relacionados en este número:Hay que volver mañana Amor al bar, amor en el bar Bares que son hogares Se dice “cervecita” La Bar-o-Pedia Un barrio visto desde la barra |